200 años de Museo del Prado, una historia con pequeños vínculos jesuíticos

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El Museo de Prado, una historia de 200 años construida trazo a trazo, pieza a pieza. Un inmenso tesoro que encierra tantas obras y tanta historia que cada una de ellas aguarda ser descubierta todavía hoy, una y otra vez. Nos asomamos a esta pinacoteca cuando cumple su aniversario del que cada día salen noticias, y buscamos aquellas obras que guardan un vínculo especial con los jesuitas. Pura curiosidad y motivo suficiente para dejar constancia en estas líneas de algunas de esas conexiones. José Luis Vázquez  SJ, fiel ‘Amigo del Prado’, se refiere precisamente a dos piezas en Valladolid creadas a petición de los jesuitas para su iglesia de la Casa Profesa en Madrid -comunidades donde residían jesuitas profesos del cuarto voto de obediencia al Papa. Dos esculturas excepcionales en depósito en el Museo Nacional de Escultura: Cristo yacente, de  Gregorio Fernández, en 1627, y Magdalena penitente, de Pedro de Mena, 1664.

La web del Prado cuenta la historia de la primera pieza errática. De su destino inicial fue al Museo de la Trinidad, residencia temporal sustituida en 1860 por la de la iglesia de Atocha, cuyo derribo en 1903 obligó a un nuevo traslado al Buen Suceso y desde allí en 1922 al Prado. Llegó a su destino definitivo en el Museo Nacional de Escultura cuando éste fue creado por decreto de 29 de abril de 1933. Gregorio Fernández que esculpió una larga serie de Cristo yacente, se volcó en esta escultura para otorgarle realismo y expresividad, utilizando  dramatismo y patetismo a través de los postizos: ojos de cristal, marfil en los dientes, asta de toro en las uñas, resina para las gotas que salen de la llaga del costado o corcho y cuero para los estigmas.

La pieza de Pedro de Mena es la santa penitente en emotiva contemplación de un Crucificado. Es el silencio esculpido mostrando las características barrocas del arrepentimiento: La tensión contemplativa de la santa, la profunda y dolorida expresión de su rostro no ocultan la belleza de un cuerpo marcado por los estigmas de la penitencia ni el valor concedido a los efectos solitarios de la oración. “En Pedro de Mena no es únicamente valorada su capacidad para transmitir sensaciones de ternura o ascetismo, sino también su genial talento para resolver un trasunto de la realidad que dilata la vida”, describe el Prado.

En Madrid destacan otras obras pictóricas vinculadas a la Compañía de Jesús: Un jesuita, de Tintoreto, siglo XVI; La iglesia de los jesuitas de Amberes, de Anton Güntter Chering, un óleo del siglo XVII; San Francisco Javier bautizando indios, anónimo de 1770. A estas pinturas inspiradas en miembros e iglesias de la Compaía de Jesús se suman ya dibujos inspirados en la vida de los jesuitas: Tránsito de un jesuita, anónimo de 1650-1700; Retrato del jesuita Andrés Marcos Burriel, de Cecilio Pizarro y Librado en lápiz entre 1840-1873. Y la colección de guirnaldas de flores creadas por el jesuita Daniel Seghers (Amberes, 1590 – 1661) como esta en la que se encuentra San Francisco Javier rodeado de flores.

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