La Semana Santa de los cuidados

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Cada Semana Santa la iglesia de los jesuitas acoge por las mañanas la reflexión en torno a este tiempo de Pasión. Este año sería el jesuita Javier Montes SJ quien compartiría con nosotros el sentido de este Triduo Pascual. Ahora, con el cierre de la iglesia y la propuesta de una Pascua global desde la Compañía de Jesús,  esta iba a ser su reflexión dedicada a la Semana Santa de los cuidados.

 

En esta Semana Santa tan única, que celebraremos desde casa, podemos tener como tema de fondo los cuidados. La vida de Jesús es la vida de una persona que mostró una delicadeza llena de ternura cuidando a las personas que se encontraron con él. Jesús es la manera que tiene Dios Padre de mostrarnos cómo nos quiere cuidar. Dios crea; y crea la vida, nos crea a cada persona, cada elemento del universo. Pero su trabajo no se agota en crear. Dios sostiene, cuida la vida que ha creado. Nos es familiar la imagen de Dios creador, pero Jesús nos muestra una y otra vez que también es un Dios que cuida, un Dios cuidador. Y esta crisis sanitaria, que nos ha trastocado la vida a toda la humanidad, nos ayuda a hacernos más conscientes que nunca de la importancia que tiene el cuidar en nuestras vidas.

 

Jueves Santo, Jesús se prolonga en tantas personas que se dedican a cuidar

El primer icono del Jueves Santo es Jesús lavando los pies a los discípulos. Aunque lo contemplemos cada año no deja de resultar chocante ver al mismo Cristo agachándose y haciendo una tarea que, en aquel tiempo, era propia de esclavos. Este movimiento de abajarse completa el descenso del Hijo de Dios que quiere hacerse como nosotros para que podamos encontrarle, también cuando nos invade el cansancio, nos duelen las heridas y no podemos ni alzar la mirada. Jesús nos cuida con ternura maternal: sana nuestras heridas, perdona nuestros pecados y nos lava los pies invitándonos a seguir su ejemplo.

El segundo icono es el gesto de Jesús al partir el pan y repartirlo entre los discípulos. Con el pan es el mismo Jesús quien se nos da. Tratamos de saciar nuestros deseos de muchas maneras, pero nos damos cuenta de que solos no podemos. Jesús nos cuida dándonos el alimento que responde a nuestra necesidad más honda. Al recibir al mismo Jesús se nos invita a unirnos a él, a participar en su Vida: una vida que es entrega, abajamiento, servicio.

Estas semanas vemos cómo la entrega de Jesús se prolonga en tantas personas que se dedican a cuidar. Nos impresiona de una manera especial la entrega del personal sanitario, que trabaja sin descanso para salvar el mayor número de vidas, incluso hasta arriesgarse a contraer el virus. O tantas mujeres que cuidan a niños, niñas, personas con necesidades especiales o personas mayores. La manera más bonita de vivir este Jueves Santo es unirnos en ese abajamiento de Jesús que entrega su vida y nos invita a lavar los pies.

 

Viernes Santo, quienes han aprendido a cuidar siguen junto a Jesús

En nuestro tiempo se valora la fortaleza, la superación, el triunfo. Eso es lo que mostramos en las redes sociales o en nuestros relatos cuando nos preguntan cómo estamos. Sin embargo, tenemos un Dios que se muestra vulnerable y nos invita a acoger también nuestra fragilidad.

El Viernes Santo es el día en el que parece que Dios está ausente. Jesús ha sido humillado, su cuerpo queda en el sepulcro, se dispersan los apóstoles y todo parece haberse acabado. Nos rompe por dentro el silencio de Dios ante tanto abuso. Como nos rompe no entender el porqué de la enfermedad, la muerte, la injusticia.

La imagen de Jesús humillado, herido y muerto es un escándalo porque nos muestra la vulnerabilidad de Dios. Sí, Dios al hacerse humano, asume nuestra debilidad y nuestra vulnerabilidad. No hay explicaciones que valgan. Solo quienes han aprendido a cuidar siguen junto a Jesús: su madre, las mujeres, Juan. No entienden, les duele, lloran. Pero están. Este Viernes Santo podemos unirnos a su presencia al pie de la cruz. Y estar.

 

Sábado Santo, aunque parecería ausente, Dios nos sigue cuidando

El Sábado Santo es el día en que algo sucede sin que se vea. Esa es la manera de actuar de Dios. Tras el llanto de la despedida a Jesús, el sepulcro ha quedado vacío, y esa ausencia hace presentir una presencia nueva, una presencia que transforma la historia. Como la madre embarazada que siente que dentro de ella crece una vida diferente sin que ella haga nada, pero le da todo a la nueva criatura. O como este tiempo de confinamiento en el que la mayoría de la población es invitada a quedarse en casa, a no hacer nada, pero así logramos detener contagios que son vidas salvadas. Aunque parecía ausente, Dios nos sigue cuidando. El Padre no se ha olvidado de Jesús, no se ha olvidado de nosotros.

En medio de las malas noticias, como la muerte de Jesús a quien tanta gente seguía, surge una esperanza en forma de ilusión. Unos dicen que el sepulcro está vacío; otras que han hablado con él, aunque no lo reconocieron a la primera; otros que por el camino los acompañó, pero no se dieron cuenta hasta que volvió a darles el pan partido.

El Sábado Santo podemos mirar la realidad con esos ojos de Pascua que son capaces de descubrir la vida que se abre paso donde antes solo veíamos muerte. Pero lograr esa mirada no está en nuestra mano, solo podemos recibirla. Y Jesús nos ha mostrado el camino. Se trata de mirarlo a Él, contemplarlo a Él. Y así, sin hacer nada, porque es Dios quien hace, poder mirar y reconocer que Cristo sigue vivo a nuestro lado.

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