Experiencia de la Pascua Urbana: encuentro en el amar y el servir

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Resulta complicado resumir esta experiencia tan intensa en unas pocas líneas. Desde diversos lugares de España (e incluso del extranjero con nuestras queridas vietnamitas) nos hemos reunido esta Pascua en INEA para acompañar a Jesús en el sufrimiento y dolor de sus últimos días. Cada uno en su momento de vida y todos con una base común: la FE. Para algunos era la primera vez, otros repasaban las Pascuas vividas… siempre hay algo diferente, aunque solo sea la gente con la que se comparte. Dios se ha hecho presente en cada uno de nosotros, en las caricias, miradas, palabras, oraciones, risas, llantos, conversaciones… Un verdadero encuentro con Jesús. Por todo, gracias.

Pero, ¿qué es eso de acompañar a Jesús? ¿Cómo se hace? O ¿cómo lo hemos hecho? A través de las realidades cercanas observamos un sufrimiento extremo, hay muchas cruces a nuestro alrededor y muchas veces ni nos damos cuenta… con todo lo que podemos hacer… Contemplamos a Jesús y su amor entregado en el servicio a los demás. Ese amor infinito con el que lavó los pies de cada uno de sus amigos, incluido Pedro, el más reticente a dejarse lavar por su admirado maestro. A lo largo del jueves santo, día del amor fraterno, nos damos cuenta de que quizá nosotros seamos un poco Pedro, en ocasiones, y no somos conscientes de todo lo que nos ama el Padre. Y de cómo lo hace: caricias, miradas, palabras… Hemos tenido la suerte de recibir MUCHO, y gratis; tenemos MUCHO que dar.

Hemos podido hacer entrega de una parte del amor recibido, algunos en la cárcel, otros en el Benito Menni, en la casa del sida o en calor y café. Poco a poco entramos en contacto con estas realidades de verdadera necesidad y es ahora cuando realmente nos concienciamos de lo que significa la ENTREGA de Jesús. Llena por dentro sentir que Jesús está en un sencillo gesto con el preso, una sonrisa regalada y robada al enfermo o una pequeña conversación con el inmigrante. Servir TANTO haciendo algo que nos parece tan poco

No podemos dejar de lado las celebraciones comunitarias, celebraciones de encuentro y compartir de fe. Preparadas con mucho cariño e ilusión al poder participar y acompañar al resto de comunidades que, como nosotros, quieren acompañar y vivir la Pasión. Resulta muy emocionante ofrecer lecturas, canciones, dejar que nos laven los pies y lavarlos después. “Hay aun tantos pies que lavar y tanto pan que compartir…”. No podemos quedarnos parados e impasibles.

Oramos y profundizamos caminando al lado de Jesús en la noche del jueves, yendo con él al monte de los olivos, acompañándolo. Y es que la compañía, el mero hecho de ESTAR, lo es todo. A lo largo de la Pascua vamos haciéndonos conscientes de que Jesús SIEMPRE ESTÁ, nunca nos abandona. Cuando intentamos asimilar la forma tan intensa que tiene Jesús de amarnos a través del servicio, nos descoloca de nuevo el hecho de verlo en la cruz por ese mismo amor. Y si ya nos costaba la inmensidad del anterior, cómo comprender este amar hasta el extremo. Verdaderamente, llega “hasta las tripas”. Ver a Jesús en la cruz porque me quiere… uf… el corazón, las tripas, la cabeza y todo el cuerpo…

Y ¡qué momentos tan sobrecogedores al lado de la cruz! Adoramos la cruz con la seguridad de quien se siente amado hasta el extremo. Tanta gente en una iglesia abarrotada, y todos unidos por el mismo amor. Es tan profundo y verdadero que no se puede racionalizar, no cabe en cabeza humana. Ya en la noche, la muerte. Dolor total, intenso, insoportable. El llanto de una madre que no abandona NUNCA a su hijo, y los discípulos, y nosotros ahí, con ellos.

Casi sin darnos cuenta llega el sábado, día de espera. Camino de Emaús. Como discípulos nos dirigimos por el camino con nuestro compañero, con nuestro amigo, poniendo en común experiencias y anhelos, generando la confianza que el maestro nos enseñó, compartiendo la vida misma. Gracias, solo gracias. Esto es lo que hace Reino, Jesús camina con nosotros.

Entre nosotros, en la puesta en común, también nos preguntamos: ¿qué pasaría el sábado? ¿Cómo sería ese momento? Para algunos Jesús quizá abriera los ojos, otros piensan que Jesús subió al cielo y luego volvió a bajar… el caso es que hubo que esperar, con calma, con confianza, pacientemente. Y así es en el día a día: en los momentos de duda, de cuestionarnos la fe, de inseguridad… momentos “sábado santo” quizá la clave sea esperar, con calma, con confianza, pacientemente, porque tarde o temprano llegará el domingo, la resurrección. Jesús vuelve, resucita, vive y la mayor alegría llega a todos nosotros.

¡ALELUYA! Y qué Aleluya. Dan escalofríos, la voz de Emilia pone la piel de gallina. Sobre todo cuando la acompañan las voces de TODA la iglesia celebrando que Jesús ha resucitado. ¡JESÚS ESTABA AHÍ! Con todos nosotros, en ese Aleluya de la tierra cargado de emoción, ilusión, esperanza. Increíble. Inolvidable. De nuevo, gracias.

Terminamos la Pascua celebrando la resurrección con una buena cena todos juntos. Comida, bebida, canciones, risas… unos hasta las mil, otros, más cansados, solo hasta las “cien”. Pero todos compartiendo la fiesta y la alegría de la resurrección.

Llega el momento de la despedida, odiosa despedida. A pesar de todo, sabemos que de alguna manera siempre estaremos unidos. GRACIAS por el compartir y especialmente al equipo por su dedicación, entrega y cariño en la preparación.

 

 

María Arranz Gil-Albarellos, del Centro Loyola de Valladolid

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