Comunidad de paz, semilla de la casa común

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La historia de amor, de perdón, de reconciliación y de unidad de los siete monjes cistercienses de Tibhirine, Argelia, inspiró la vigilia de oración por la paz, guiada por Entreculturas y Red incola en la iglesia de los jesuitas. La vida de estos monjes contemplativos, beatificados el pasado 8 de diciembre, es hoy una semilla de paz sembrada en el complicado mundo.  Comunidad de paz que unida desde la fe optó por permanecer junto a sus vecinos musulmanes a pesar del riesgo que entrañaba. «Dios no nos quiere huyendo. Porque el amor no huye, ese es uno de los mensajes más inmediatos que la comunidad de monjes de Tibhirine nos da».

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: “Cuando entréis en una casa, decid primero: ”Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros” (Lc 10, 5-6)

Sobre los valores que sostuvieron esta comunidad, la oración se detuvo en el perdón. El testamento del prior Chrisitian proclamaba precisamente el deseo del perdón: «Pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido». Una vida inmersa entre musulmanes le dio la oportunidad de conocer en profundidad el país, Argelia, y su religión, el Islam: «Es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes».

 “Os digo todo esto para que seáis tan felices como yo. Y esto es lo que os mando: que os améis unos a otros, así como yo os amo a vosotros. Nadie muestra más amor que quien da la vida por sus amigos.” (Lc 15, 11-13).

 

Entre muchos voluntarios guiaban la oración: la delegada de Entreculturas, Esther, el coordinador del programa jesuita de Red Incola Calor y café, Javier, los voluntarios Pady, Chus, Silvia y el Coro de Nueve y Cuarto. Entre todos compartieron con los asistentes su sueño. El sueño de todo aquello que brotó desde el  monasterio de Tibhirine: el ideal de paz y de oración materializado en el grupo cristiano-musulmán Ribât-es-Salam (Vinculo de la Paz). Su comunión en la paz, la confianza y la mano tendida. Una convivencia que es semilla a la casa común. «Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan sembradores de la paz que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana».

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. “(Jn 14, 27)

 

Las palabras del testamento del prior reflejan el compromiso con la humanidad hasta la muerte: «Podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias». Un compromiso dado con la vida y para el mundo. Con motivo de la celebración de los 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, recordaron las palabras del papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos».

 

“De generación en generación se extiende su misericordia a los que le temen. Hizo proezas con su brazo;     desbarató las intrigas de los soberbios. De sus tronos derrocó a los poderosos, mientras que ha exaltado a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes, y a los ricos los despidió con las manos vacías. Acudió en ayuda de su siervo Israel y, cumpliendo su promesa a nuestros padres, mostró su misericordia a Abraham y a su descendencia para siempre”.  

 

Si todos los políticos
se hicieran pacifistas
vendría la paz.
Que no vuelva a haber otra guerra,
pero si la hubiera,
¡Que todos los soldados
se declaren en huelga.
La libertad no es tener un buen amo,
sino no tener ninguno.
Mi partido es la Paz.
Yo soy su líder.
No pido votos,
pido botas para los descalzos
-que todavía hay muchos-.

Gloria Fuertes

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