Tres realidades ante los mismos Ejercicios Espirituales

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“Nos empeñamos en buscar fuera de nosotros lo que muchas veces llevamos en nuestro propio interior”, comenta Albero Andrés, días después de vivir con una veintena de jóvenes universitarios del Centro Loyola los Ejercicios Espirituales. Una experiencia con conexiones con los recuerdos de Beatriz Abril y de Mario Domínguez. Y también con diferencias como así son las personas y las circunstancias. A continuación los tres testimonios que con toda gratitud quedan aquí reflejados:

 

«Nos empeñamos en buscar fuera de nosotros lo que muchas veces llevamos en nuestro propio interior. Los ejercicios espirituales no son una receta preestablecida para todo el mundo, ni una fórmula mágica que de golpe vaya a cambiarnos la vida. O puede que lo hagan, pero no es esa su primera finalidad.

En los tiempos que corren, donde las prisas y el alboroto del día a día suelen conducir a cierta superficialidad, sobre todo entre los jóvenes, es fundamental dedicar tiempo para desconectar, para el silencio, y para la reflexión.  Un silencio que nos permita interiorizar, observando nuestra vida, nuestras prioridades y nuestras elecciones desde la perspectiva del Evangelio. Que nos invite a mirar al mundo, a nuestro alrededor, y dentro de nuestro corazón, afianzando esos cimientos sobre los que queremos que se apoye nuestra historia, como personas y como cristianos, con sus fases de alegría y sus fases de dificultad.

Es una experiencia importante, para cualquier joven católico en camino, que busque y no quiera conformarse con vivir a medias. Posiblemente no suponga un cambio radical, pero sí nos ayudará a encontrar una versión más completa de nosotros mismos, a intuir y reconocer mejor nuestro papel en el mundo, y dejará una semilla que, con el tiempo, seguro dará sus frutos».

                                                                                                                           Alberto Andrés

«Antes de decidirme a hacer los ejercicios espirituales por segunda vez,  sentía como que me faltaba algo, no sabía exactamente el qué, pero me faltaba algo. Seguía metida en la rutina de la semana y todo me iba pero pasaban los días y sentía que necesitaba tener una conversación más allá de aquellas que se abren en whatsapp, hablo de una conversación con Él.

Después de estos cuatro días de ejercicios solo me sale decir un GRACIAS en mayúsculas; tengo que dar gracias a Dios por dejarse encontrar y querer encontrarse conmigo de una manera tan sencilla, en el silencio, y no me refiero al silencio de INEA, sino a ese silencio que a veces solemos evitar y tanto vértigo nos da, como es el silencio interior.

Han sido días de mirarse al espejo, a ese espejo que es nuestra vida, pero haciéndolo a la luz de la mirada de Jesús y sintiendo su mirada reconfortante; días de encontrar la «novedad» en las cosas cotidianas de la vida, y recordar una vez más, que las cosas más importantes de la vida no son razonables. También han sido días de intentar comprender un poco mejor la lógica de su perdón, haciéndonos conscientes de que solo se limita a acogerlo para transformarlo en una nueva oportunidad para seguir caminando juntos; en definitiva, han sido días de dejar hablar un poco más a Dios.

Siempre he pensado que después de una experiencia de este tipo, lo normal es tener uno de esos «chutes» de fe de los que luego, cuando vienen las vacas flacas te puedes alimentar, pero si soy sincera, y quizás sea porque voy madurando, esta vez me conformo con seguir caminando, no sin dudas, pero acompañada por Dios, desde el agradecimiento infinito».

                                                                                                                                        Beatriz Abril

 

«A ejercicios se va con lo que uno lleva en su “mochila”, es curioso, pero en esta “mochila” no caben portátiles, ni apuntes, (ni móviles si me apuras). Sin embargo, sí caben tu estado vital aquí y ahora, tus capacidades, tus aprendizajes, tus preocupaciones y las ganas de dedicarle tiempo al mejor de los Amigos. Esto último es la clave, y, cuando uno ha vivido unos ejercicios, se da cuenta de que elementos como el silencio conforman un ambiente más propicio para escuchar lo que Dios tiene que decirnos a cada uno de nosotros. Y esto de escuchar a Dios no es que se ponga un megáfono y te hable con voz de ultratumba al oído, no, sino que se nos presenta de las maneras más humanas y sencillas como es a través de textos, canciones, recuerdos, intuiciones…

Poner en palabras una experiencia como la de los ejercicios espirituales es, desde mi punto de vista, muy complicado, porque se desarrolla en la interioridad de cada uno. Además, estos no son absolutos para todos, sino que cada uno tiene su camino y, pueden (o no), hacer grandes cambios en tu vida, cambiar ciertas miradas o nuevas formas de involucrarse en el mundo, cada quien sabrá, pero sin olvidarse del trasfondo Evangélico.

En mi caso, me han aportado una manera concreta de entender que el ser cristiano tiene que ver, entre otras cosas, con estar dispuesto a escuchar lo que Dios tiene que decir en las decisiones de la vida, donde nos jugamos mucho. Esto probablemente nos ayude a construir proyectos sobre roca sólida y tierra firme».

                                                                                                                              Mario Domíngez

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