“Nada hay profano para el que sabe mirar”, dice el jesuita Toño García, guía de los eco-retiros que se están celebrando en el silencio de INEA, tres mañanas de sábado: 19 de noviembre, 25 de febrero y el próximo, el 27 de mayo. Todas sus pautas inspiraron una “mirada sacramental” que perfora la mirada científica y permite contemplar el universo como el don recibido como máxima expresión de amor y por el que sólo cabe agradecer y amar. “Un amor ecológico”, decía. Y hacia ese amor dirige la mirada que encuentra en todo un instrumento divino y a la que la espiritualidad ignaciana dota de un enorme potencial: toda la experiencia de la contemplación de san Ignacio al servicio de una eco-contemplación.

Toño García se sirvió de cuatro metáforas “preciosas” que expresan las revelaciones a san Ignacio para guiar en esa contemplación hacia el “amor ecológico”. La primera de un Dios que da y se da: cosmos, tierra, vida y todo es gracia. La segunda, la de un Dios que habita en sus dones: “Dios viene en ellos y en ellos quiere ser encontrado”. Así que desde ese dando y dándose, la creación, la historia y la vida de cada uno es encuentro “donde crecer en una vida de amistad con  Él”. Es un Dios que “trabaja”. Que habita en un lugar del que no se apea y no abandona; que ama y sufre. “Un Dios que es y se nos revela así, trabajando- es invitación a co-laborar con él, a ser co-creadores con él”. La cuarta metáfora invita a descender y cuidar de lo pequeño, donde desciende Dios. “Bajar y cuidar”.

Participaron 40 personas –mayores, jóvenes, laicos y religiosos- a los que finalmente invitó a orar desde esta nueva mirada sacramental la oración que pronunció san Ignacio. Una oración que nace de la gratitud del que alcanza el amor, el amor ecológico, y se pone en pie para agradecer, ofrecer y dar:  “Cuando uno lo contempla así no cabe más que agradecimiento”:  Tomad, Señor, y recibid.