“Para cambiar el mundo no hace falta irse a Camboya”, dice Juan Sobrini, “basta con la integridad en cada espacio donde uno viva”. Pero él se va. No para cambiar el mundo sino porque todo encaja en su vida. Inquietud, experiencia laboral, tiempo y un gran proyecto, la prefectura de Battambang de Kike Figaredo. Cuando estudiaba Derecho y ADE, oyó hablar del Servicio Jesuita al Refugiado (SJR) en el Centro Loyola de Valladolid. Su labor humanizadora en las fronteras y de ayuda a refugiados eran de por sí interesantes y esperanzadoras. Terminó sus carreras y se acercó más al SJR. Pero ante su falta de experiencia laboral, le aconsejaron que antes de tomar una decisión, desviase su latente interés hacia la búsqueda de trabajo en España. Si tomaba el rumbo hacia los desfavorecidos, que fuera con los pies en la tierra. Y así fue, consiguió un empleo en Deloitte, en Madrid. Durante dos años y medio ejerció su profesión mientras otras piezas iban encajando poco a poco. Dos años de trabajo y la lectura de El corazón del árbol solitario, de José María Rodríguez Olaizola, le removió de nuevo. “Me gustó cómo cuenta la historia del proyecto social desde el lado humano, desde las imperfecciones del hombre y de la vida”, explica, “y cómo merece la pena vivir la vocación”.

Una pieza contundente a la que sucede otra pocos meses después: un voluntariado en Perú de la mano de Entreculturas. De los despachos a la selva amazónica. De la defensa en papel al servicio a la humanidad débil de las tribus aisladas. “Hacíamos campamentos en distintos núcleos para que los pequeños, especialmente las niñas, pudieran jugar en medio de las dificultades”, recuerda. Una experiencia que le marcó hasta el punto que cuando le ofrecieron un nuevo empleo en otra empresa, lo rechazó. Su cambio sería otro. Así que definitivamente, “negoció” con la ONG Sauce ese “puesto” que llevaba buscando: “Ahora sí creo que puedo hacer algo”, dice ya con 26 años de edad. Todo encaja. Y entre sus compañeros, gran asombro, “pero ante la perspectiva de lo que es mi vida, esto no me frena”.

El lunes vuela a Camboya con el compromiso de incorporarse por un año, “en principio”, en la labor social de la prefectura. Con toda probabilidad, se integrará en la fábrica textil de La Paloma, de 100 empleados, aportando sus conocimientos empresariales y su deseo de conectar de tú a tú con los camboyanos –los empleados y en especial, sus familias, a las que la prefectura sale en su búsqueda siguiendo fiel a su Outreach– . Por delante, muchos retos: aprender camboyano “para llegar de verdad a las historias” y priorizar la paciencia antes que el excesivo “hacer cosas”. Con la ilusión que le empuja y el apoyo de su familia y amigos, Juan sigue a su intuición, meditada y formada. Todo es ir “encajando” nuevas piezas.